Para buena parte del imaginario gay europeo, Maspalomas no es solo un enclave turístico al sur de Gran Canaria; es una construcción simbólica donde el deseo se vende como libertad y la fiesta como identidad. En ese escenario dionisíaco arranca Maspalomas (2025), de José Mari Goenaga y Aitor Arregi, que utiliza el mito del «paraíso queer» para abordar un territorio poco transitado por el cine, tanto nacional como internacional: la homosexualidad en la vejez. Si quieres saber más sigue leyendo nuestra crítica de Maspalomas.
La película presenta a Vicente, un hombre gay de 76 años que, tras romper una relación de veinticinco años, decide entregarse al sexo y al hedonismo en las dunas de Canarias. Un inesperado ictus interrumpe esa vida y lo obliga a abandonar la luz atlántica para regresar a San Sebastián e ingresar en una residencia. Ese desplazamiento geográfico es también simbólico: del espacio del deseo al espacio del deterioro, de la promesa de libertad a la confrontación con el pasado.
A diferencia del tono romántico y esperanzador de la también vasca En 80 días (2010), Goenaga y Arregi abordan la vejez homosexual con una mirada más áspera, interesada no en la liberación sino en la imposibilidad de escapar de las circunstancias, de la memoria y de las expectativas que los otros depositan sobre nosotros. No es tanto un relato de autoaceptación, sino de una crónica sobre la identidad.
La vejez como conflicto
El ingreso en la residencia marca un giro asfixiante. El guion, sobrio y carente de estridencias, teje un entramado de relaciones que funcionan como espejos incómodos. La relación de Vicente con su hija, a quien abandonó tras salir del armario, encarna el peso de la culpa y de una deuda afectiva nunca resuelta. Xanti, su compañero de habitación, representa una forma de dignidad, carisma y fuerza que Vicente no termina de alcanzar. Por su parte, Chema, el cuidador, encarna una homosexualidad despreocupada y visible que desestabiliza al protagonista, atrapado entre el deseo y el rechazo, entre la admiración y el prejuicio interiorizado. Vicente se mueve así en un conflicto tripartito: quién es (un hombre que aún desea), quién fue (un padre ausente) y qué se espera de él (un anciano dócil y asexuado).
Si la película consigue mantener esa complejidad, es, en gran medida, gracias a la interpretación de José Ramón Soroiz, que compone un Vicente atravesado por el cinismo y el miedo. Lejos del victimismo, su personaje resulta a ratos egoísta, testarudo e incluso hiriente, pero profundamente humano. Esa ambivalencia evita la caricatura y dota al relato de una veracidad incómoda que conmueve desde la contención. A su lado, el trabajo de Nagore Aramburu, Kandido Uranga y Kepa Errasti refuerza un conjunto interpretativo sólido y equilibrado.
Geografía emocional
Otro de los mayores aciertos de la película reside en su dualidad visual. Las imágenes cálidas y casi oníricas de Maspalomas contrastan con la frialdad clínica del norte, convirtiendo la residencia en un espacio aséptico que materializa la derrota y la contención. Esa misma delicadeza se traslada al tratamiento de los cuerpos. La cámara observa con el mismo respeto la firmeza de los cuerpos jóvenes en las dunas que la fragilidad de los cuerpos envejecidos en la residencia. No hay morbo ni embellecimiento, sino una mirada honesta sobre la decadencia física y la persistencia del deseo más allá de la vejez.

Así pues, el conjunto consigue emocionar desde la sutileza, cuestionando constantemente al espectador y obligándolo a replantearse sus propias certezas sobre la sexualidad, la vejez y comprensión. La necesidad de perdón de la hija, la advertencia de la psicóloga que recuerda que la libertad siempre tiene límites sociales, o la inesperada complicidad con Xanti construyen un retrato de personajes heridos que buscan comprensión sin saber pedirla. Vicente puede salir del armario, pero no puede escapar del peso de las miradas ajenas ni de sus propias contradicciones. Y es precisamente en esa tensión, entre deseo, culpa y vulnerabilidad, donde el espectador acaba solidarizándose con él.
Conclusión
Maspalomas es, en definitiva, una obra sobria y madura que se aparta de los lugares comunes el cine LGTBIQ+. Más que celebrar una liberación tardía, la película supone una reflexión sobre el desgaste, la identidad y el deseo cuando la vida se nos pone en contra. Porque al final Maspalomas, película y playa, no deja de ser una promesa de luz que solo adquiere sentido al enfrentarse con la sombra. Y en esa tensión, incómoda pero profundamente humana, reside su verdadera fuerza.
Crítica rápida de Maspalomas, ¿por qué ver la película?
- Por su mirada incómoda pero necesaria sobre la homosexualidad en la vejez
- Por la increíble actuación de José Ramón Soroiz, posible ganador del Goya a Mejor actor
- Si te apetece llorar un ratito



