Crítica de ‘Esta soledad’, la vida después del amor

Hay una edad en la que el fracaso empieza a adquirir formas demasiado concretas. Los sueños artísticos se convierten en trabajos precarios, las relaciones sentimentales dejan de ofrecer certezas y la independencia no termina de parecerse a la vida adulta que alguna vez imaginamos. Cumplir años no significa necesariamente avanzar; y descubrir que uno no está donde esperaba estar puede resultar más doloroso que cualquier ruptura. De esa sensación de extravío parte Esta soledad, el debut en el largometraje de Javier Giner, que encuentra en las vidas de dos antiguos amantes el retrato de una generación que parece haber aprendido a convivir con la frustración y que te contamos en nuestra crítica.

Dos vidas a la deriva

Leo (Oriol Pla) y Lorea (Marina Salas) llevan un tiempo separados cuando comienza la película. Durante un par de años compartieron una vida que ahora deben reconstruir por separado, mientras intentan abrirse camino en un mundo que no parece demasiado interesado en facilitarles las cosas. Él aspira a vivir de la interpretación, pero trabaja como cajero en un supermercado; ella ha publicado un libro y quiere dedicarse a la escritura. A sus aspiraciones frustradas se suman unas relaciones familiares complejas, los desencuentros y la dificultad de encontrar un lugar propio en el mundo.

Sin embargo, el director, Javier Giner, no convierte la ruptura en el acontecimiento alrededor del cual gira todo lo demás. La separación está ahí, condiciona a los protagonistas y deja una huella persistente, pero la vida continúa sucediendo a su alrededor. Hay que acudir al trabajo, enfrentarse a los problemas familiares, conocer a otras personas e intentar mantener a flote unas expectativas que cada vez parecen más difíciles de cumplir. El amor se termina, pero las obligaciones permanecen. También las inseguridades, las aspiraciones y esa incómoda sensación de estar llegando tarde a una vida que nunca termina de arrancar.

En este sentido, Esta soledad encuentra una de sus mayores virtudes en su capacidad para retratar el presente de los jóvenes adultos sin necesidad de subrayar sus miserias. Sus personajes aspiran a desarrollar una vocación artística mientras sobreviven en empleos que detestan, arrastran relaciones familiares que no saben cómo reparar y se enfrentan a la frustración de descubrir que desear una vida distinta no significa ser capaz de construirla. Hay algo reconocible en esa distancia entre lo que uno imaginaba que sería y lo que finalmente ha conseguido ser, entre la necesidad de sentirse querido y la incapacidad de sostener una relación, entre el deseo de hacer algo extraordinario y el miedo a terminar siendo mediocre.

Nadie es tan bueno como cree

La mirada de Giner se extiende más allá de la pareja protagonista para construir una galería de personajes secundarios que contribuyen a dotar de espesor al universo de la película. Sus relaciones familiares, sus amistades y sus encuentros dibujan un retrato coral de una sociedad en la que cada individuo carga con sus propias contradicciones. La película observa a sus personajes con afecto, pero no los idealiza: comprende sus miserias sin convertirlas en virtudes y permite que sus comportamientos resulten, en ocasiones, tan incómodos como reconocibles.

Resulta especialmente interesante la relación de Lorea con Irati (Gemma Martínez), una mujer a la que conoce durante una visita a una prisión y cuya experiencia termina alimentando sus aspiraciones literarias. El vínculo entre ambas introduce una contradicción incómoda en la vida de Lorea: mientras se lamenta de sus propias circunstancias, encuentra en alguien que ha vivido experiencias mucho más duras una fuente de inspiración para su trabajo. Irati, arisca y poco dispuesta a resultar agradable, no tiene por qué convertirse en la figura ejemplar que Lorea necesita. Su resistencia a ocupar ese lugar termina poniendo en cuestión las motivaciones de la escritora y la posibilidad de que su acercamiento responda, al menos en parte, a una necesidad de sentirse mejor consigo misma.

También las conversaciones entre Lorea y su madre encuentran en el humor una forma de retratar las complejidades de los vínculos familiares sin necesidad de solemnizarlos. En una película atravesada por la frustración, estos personajes introducen matices que impiden que el conjunto se reduzca a una sucesión de desgracias. No hace falta que nadie sea especialmente admirable para que sus relaciones resulten comprensibles; basta con reconocer en ellas las contradicciones, los egoísmos y las pequeñas miserias que acompañan a cualquier convivencia.

La tristeza de seguir adelante

La interpretación de Oriol Pla, quien ya había trabajado con Giner en la serie Yo, adicto, es uno de los grandes pilares de la película. Su visceralidad y la tristeza que parece habitar permanentemente en sus ojos transmiten el desamparo de Leo sin necesidad de convertir cada escena en una exhibición de sufrimiento. Hay en su trabajo una intensidad que permite intuir todo aquello que el personaje no sabe expresar, una vulnerabilidad que convive con sus defectos y que evita reducirlo a la figura del artista frustrado. Marina Salas, por su parte, tarda algo más en encontrar una naturalidad que encaje con el conjunto, aunque su personaje adquiere interés precisamente a través de sus contradicciones.

Giner acompaña a ambos con un realismo urbano seco y desprovisto de grandes artificios. El Bilbao de Esta soledad es gris, plomizo, casi tan desalentador como las circunstancias de quienes lo habitan. La ciudad no funciona como un simple decorado, sino como la extensión de un estado de ánimo: un espacio en el que la vida transcurre sin que necesariamente parezca conducir a ninguna parte. Los momentos de humor alivian ocasionalmente esa pesadumbre, pero nunca llegan a disiparla por completo.

La película encuentra en su desenlace una manera hermosa de entender la ruptura: no como una herida que deba cerrarse para que la vida pueda empezar de nuevo, sino como una experiencia que termina incorporándose a ella. Hay personas que dejan de acompañarnos sin desaparecer del todo de nuestra historia, y despedirse no siempre significa resolver aquello que quedó pendiente. A veces, seguir adelante consiste simplemente en aceptar que la vida continúa, incluso cuando todavía no sabemos muy bien qué hacer con ella.

Quizá sea precisamente esa voluntad de acompañar a sus personajes, sin exigirles grandes transformaciones ni convertir sus tropiezos en lecciones de vida, lo que hace de Esta soledad una película tan sensible. Javier Giner observa a sus protagonistas con afecto, pero sin indulgencia, y encuentra en sus contradicciones una humanidad que va más allá de sus circunstancias particulares. En ellos hay algo más que una ruptura sentimental: está la frustración de no haber llegado a donde esperaban, el miedo a quedarse atrás y la dificultad de aceptar que la vida que uno imaginaba no siempre es la que termina viviendo. La película comprende que estas derrotas cotidianas no necesitan convertirse en tragedias para dejar una huella en quienes las experimentan.

Miradas grises

Esa sensibilidad, sin embargo, no evita ciertas limitaciones. La persistencia de un tono tan gris termina por uniformar algunas situaciones, y el retrato de los personajes no siempre consigue trascender la acumulación de circunstancias que componen sus vidas. Todo está contado con sensibilidad, pero cuesta encontrar un elemento que eleve esa observación por encima de la realidad que retrata. Esta soledad convence más por la verdad que encuentra en sus personajes que por su capacidad para transformar esa verdad en algo inesperado.

Quizá tampoco sea necesario exigirle que lo consiga en todo momento. Hay algo valioso en una película que se resiste a embellecer la frustración, permite a sus personajes equivocarse y no convierte sus tropiezos en lecciones de vida. Giner encuentra belleza en la continuidad de lo cotidiano y en unos vínculos que, aun transformándose, dejan huella.

Esta soledad no necesita ofrecer respuestas ni convertir el dolor en una revelación para acercarse a quienes se reconocen en sus protagonistas. Basta con su mirada comprensiva, con la naturalidad de sus diálogos y con su capacidad para encontrar humanidad en quienes todavía están intentando averiguar qué hacer con sus vidas. 30 de octubre en cines.

Crítica rápida de Esta soledad, ¿por qué ver la película?

  • Oriol Pla ofrece una interpretación visceral, llena de una tristeza que traspasa la pantalla.
  • Retrata con sensibilidad y sin grandes aspavientos las frustraciones de una generación que intenta encontrar su lugar en el mundo.
  • Sus personajes secundarios componen un retrato tan reconocible como hermoso de las contradicciones de la vida cotidiana.

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