Los vampiros nunca pasarán de moda. Pueden tratar a estos seres como quieran: villanos, monstruos, románticos… pero se seguirán haciendo películas y su público, entre las que me incluyo, estará viendo todas y cada una de esas películas. El próximo 21 de noviembre llega Drácula y os contamos en la crítica por qué tenéis que ir a verla al cine.
La novela que publicó Bram Stoker en 1987 ha dado para mucho. Hace un año se estrenaba Nosferatu, pero este nuevo enfoque de Luc Besson (El quinto elemento) no tiene nada que ver con la visión de Robert Eggers. Aquí, Caleb Landry Jones es quien se mete en la piel del famoso vampiro. Completan el reparto Christoph Waltz, Zoë Bleu y Matilda de Angelis.
La condena de la inmortalidad
En esta nueva versión, el príncipe Vlad II, también conocido como el conde Drácula, ha sufrido una devastadora pérdida y tras renunciar a Dios es condenado a la vida eterna y a la soledad que eso conlleva, aunque no lleguemos a ver explícitamente cómo llegó a conseguir la inmortalidad.
Hablaba de distintas versiones del vampiro. Esta vez vamos a encontrar su lado más romántico ya que lleva cuatrocientos años buscando al amor de su vida que le fue arrebatado. Para ello cuanta con ayuda de otros vampiros a los que convierte y de otros seres que le acompañan en su castillo.
Así es como pasamos del siglo XV a finales del siglo XIX, cuando una mujer es retenida en París en un psiquiátrico atrayendo la atención de un cura (Christoph Waltz) que lleva años siguiendo la pista de Vlad. Paralelamente Jonathan (Ewens Abid), justo después de prometerse con Mina (Zöe Blue), viaja a Rumanía por si el conde quisiese vender alguna de sus propiedades.
Escenas memorables
Como podéis suponer, el viaje no sale como planea y todo se transforma en una pesadilla para Jonathan. Pero no para Vlad, que descubre que Mina es la viva imagen de su amada Elisabeta y confirma que el destino a veces juega muy bien sus cartas.
Con una trama digna de cualquier telenovela nos sumergimos en una historia de pasión adornada con toques fantásticos y visuales que juegan con el espectador de la misma forma que Vlad juega con los humanos.

Sí que es cierto que, a nivel de guion, como he mencionado un poco más arriba, le falta algo. En algunas ocasiones la trama parece vacía, y aunque no sabemos cómo fue la transformación de Drácula sí conocemos cómo la desesperación de encontrar a su amor iba creciendo. Reconocer dos escenas en especial. La primera, la escena baile de Versalles que no sabíamos que necesitábamos y que le da un toque especial a la cinta. La segunda, Vlad llegando a un convento y poniéndolo patas arriba.
Un personaje del que no nos cansamos
Besson también lo hace bien a nivel ambientación. Se aleja un poco del estilo gótico ya que, apuesta más por los colores y escenarios más románticos y florales, pero al final entendemos que es lo que quería el director.
Es impresionante como nunca nos cansamos de personajes que hemos visto en más de una y dos ocasiones. Siempre hay una visión nueva y a veces nos da igual cuánto se aleja de la novela y estamos más pendientes de donde nos llevará la nueva historia.
En definitiva, Drácula nos presenta una apuesta romántica en el que la sed de sangre toma un segundo plano. Podéis verla a partir del 21 de noviembre en cines.
Crítica rápida de Drácula, ¿por qué ver la película?
- Una versión más romántica de la historia que conocemos
- Escenas muy potentes a la vez que muy poéticas
- Los vampiros nunca pasarán de moda



