Crítica de ‘La invitación’ (2026), cenas tardías

Una cena entre dos parejas, una casa que se convierte poco a poco en escenario de confesiones y una conversación que empieza siendo aparentemente inocente hasta revelar todo aquello que sus protagonistas preferirían mantener escondido. Sobre el papel, La invitación, la última película de Olivia Wilde que comentamos en nustra crítica, parece tener todos los ingredientes para construir una comedia incómoda sobre las relaciones, el deseo y las fantasías que aparecen cuando se empieza a comparar la propia vida con la de los demás. Sin embargo, hay algo en ella que parece agotado antes incluso de que empiece la cena. No tanto por tratarse de una historia concebida originalmente para el teatro, sino por la sensación de que sus temas ya sean vuelto algo caducos.

La invitación se basa en la obra de Cesc Gay Los vecinos de arriba, estrenada en 2015 y adaptada por él mismo en 2020 bajo el título de Sentimental. Siete adaptaciones internacionales después, Olivia Wilde recupera el mismo material y lo traslada al contexto estadounidense sin conseguir desprenderlo del todo de una cierta sensación de dèja vu.

Un apartamento bien construido

Eso resulta especialmente llamativo porque Wilde sí parece consciente de las limitaciones de partida. La invitación podría haberse limitado a filmar a cuatro personajes hablando en una casa, pero la dirección intenta convertir ese espacio en algo más que un simple escenario. Ventanas, puertas, reflejos, líneas arquitectónicas y diferentes profundidades dentro del encuadre sirven para acercar o separar a los personajes, para mostrar quién está unido y quién empieza a distanciarse.

La casa acaba funcionando como una representación visual de las relaciones que se están descomponiendo. Hay una voluntad clara de encontrar una gramática cinematográfica para un material esencialmente teatral, y es probablemente ahí donde la película resulta más estimulante. El problema es que esa inventiva formal no encuentra un equivalente en el guion.

El menú de siempre

Los temas que aparecen son los mismos de siempre: la rutina de pareja, el deseo, la infidelidad, las fantasías sexuales, el miedo al paso del tiempo, la frustración de comparar la propia relación con una aparentemente mucho más libre y satisfactoria… Nada de ello carece de interés, pero La invitación los presenta como si todavía conservaran una capacidad de escándalo o de sorpresa que ya no tienen por sí mismos.

Las conversaciones avanzan a través de confesiones, revelaciones y enfrentamientos que terminan resultando previsibles. Alguien descubre algo, alguien reacciona, una nueva intimidad sale a la luz y la situación vuelve a cambiar ligeramente para iniciar de nuevo el mismo mecanismo. Hay algunos diálogos brillantes, divertidos y punzantes pero en el grueso del metraje la película se limita a añadir información sin que esa acumulación produzca una verdadera sensación de avance haciendo que el tiempo parezca avanzar más despacio que la propia película. No es tanto que la película de Wilde sea demasiado larga sino que su estructura parece incapaz de generar una progresión proporcional a su duración. Las cosas ocurren, pero la película permanece durante demasiado tiempo en el mismo lugar.

Una cena que se alarga demasiado

El tono tampoco termina de encontrar un equilibrio. La invitación pretende moverse entre la comedia incómoda, el drama de pareja y cierta tensión sexual, pero en demasiadas ocasiones parece necesitar remarcar aquello que debería surgir de manera natural de la situación.

La banda sonora es el ejemplo más evidente. Pizzicatos acelerados, cuerdas nerviosas y pequeños subrayados musicales aparecen para señalar cuándo una escena debe resultar divertida, incómoda o ligeramente desquiciada. La música parece reírse antes que el espectador, como si necesitara asegurarse de que el chiste ha quedado suficientemente señalado.

El resultado es paradójico: una película que pretende transmitir la frescura de una conversación privada entre dos parejas acaba sintiéndose constantemente construida, subrayada y coreografiada.

Cuatro buenos invitados

Las interpretaciones, en cambio, funcionan. Los cuatro actores sostienen con solvencia unos diálogos que no siempre les ofrecen demasiado espacio para escapar de lo que está escrito. Penélope Cruz destaca especialmente, favorecida también por un personaje con mayor capacidad para provocar, incomodar y alterar el equilibrio de la conversación. Si bien Seth Rogen resulta a veces algo forzado, la propia Olivia Wilde y Edward Norton consiguen equilibrar el tono y
favorecer el discurrir de la narración.

Así, La invitación termina siendo una película más interesante en aquello que hace con sus personajes que en aquello que les hace decir. Su verdadero problema no es tanto que proceda del teatro, sino en que parece seguir atrapada en el momento en que fue escrita. Wilde consigue sacar la historia de la habitación y convertirla en cine, pero no consigue sacarla de su época.

En 2015 podía resultar provocador poner sobre la mesa determinadas conversaciones sobre pareja, sexo y deseo; en 2020 ya se habían vuelto suficientemente familiares como para llevarlas al cine; pero once años más tarde hace falta algo más que repetirlas con otro acento, otro reparto y una banda sonora que indique cuándo reírse. La invitación demuestra que una historia puede ganar movimiento al convertirse en cine y, al mismo tiempo, sentirse como una cita que llega demasiado tarde.

Crítica rápida de La invitación, ¿por qué verla?

  • Olivia Wilde demuestra que sabe mirar una casa, aunque no consiga renovar lo que ocurre dentro.
  • Penélope Cruz y algunos diálogos brillan entre tanta conversación ya escuchada.
  • Una cena que se alarga para una película que llega tarde a su propia conversación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio