Tel Aviv, 2024. Noche cerrada. Ha pasado apenas un año desde los atentados perpetrados por Hamás el 7 de octubre. La calma nocturna de la ciudad israelí queda interrumpida por el tráfico de la carretera y el murmullo de los televisores en los apartamentos de los rascacielos. En la azotea de uno de estos, un miembro anónimo de los servicios de inteligencia israelíes comienza a explicar qué significa NAZA: el número de civiles que se calcula que morirán como consecuencia
de un ataque aéreo en Gaza. Sigue leyendo la crítica de Naza para conocer más sobre ello.
Así comienza Naza, dirigido por los cineastas israelíes Rachel Szor y Yuval Abraham y ganador del Premio Especial del Jurado en Venecia. Un sobrecogedor y demoledor documental que reconstruye, a través del testimonio de veinticuatro agentes de inteligencia y soldados israelíes, la maquinaria empleada para ejercer la violencia sobre la población civil de Gaza.
Una maquinaria perfectamente engrasada
Durante sus ochenta minutos de duración, los directores se limitan a recoger las respuestas de los entrevistados dejando fuera de campo la explicitud de aquello que narran y obligando al espectador a reconstruir por sí mismo el horror de sus testimonios. La película recorre distintos procedimientos operativos utilizados durante la guerra, desde tecnologías de vigilancia, interceptaciones telefónicas y análisis automatizado de datos hasta sistemas de inteligencia artificial como «Lavender», empleado para automatizar la elaboración de objetivos.
Particularmente crudos resultan los testimonios sobre el procedimiento conocido como «Where’s Daddy», mediante el cual se localiza a un padre y se le obliga a escuchar a su hijo decir que ha vuelto a casa para desencadenar el ataque. Los testimonios dan cuenta también de la arbitrariedad de muchas de estas operaciones. Se trata de ataques en los que finalmente no se encuentra ningún miembro de Hamás, la aceptación de numerosas víctimas civiles como “daño colateral» y la destrucción sistemática de aquello que pueda permitir el regreso de quienes han huido.
Pero la verdadera brillantez de Naza, y al mismo tiempo aquello que la convierte en una película terrorífica, reside en la sencillez con la que sus entrevistados hablan de todo ello. No hay imágenes de bombardeos que acompañen sus palabras ni una banda sonora que subraye el horror. Solo sus voces, el silencio y la tranquilidad de una noche cualquiera en Tel Aviv. La película podría mostrar aquello que cuenta, pero decide confiar en la palabra. Y pocas veces el fuera de campo resulta tan aterrador.
La muerte como procedimiento
Las similitudes con La zona de interés de Jonathan Glazer, también productor ejecutivo de este documental, son inevitables. Si en la película de Glazer el horror del Holocausto permanece en fuera de campo mientras la vida cotidiana continúa al otro lado del muro, en Naza la violencia aparece separada de las imágenes que la rodean. El horror no está en lo que vemos, sino en aquello que escuchamos mientras contemplamos apartamentos, carreteras y rascacielos aparentemente ajenos a todo lo que se está contando.

Los testimonios resultan especialmente perturbadores porque describen el asesinato como parte de un mecanismo burocrático. Los entrevistados hablan de misiones que hay que cumplir, de objetivos que se convierten en cifras y de operaciones que pueden llegar a vivirse con la euforia propia de un videojuego. Completar una misión produce satisfacción; acceder a equipos de mayor rango puede convertirse en una recompensa por la capacidad de ejecutar operaciones cada vez más destructivas. En otro momento, uno de los entrevistados relata cómo unos perros se comen un cadáver. La imagen permanece fuera de campo, pero precisamente por eso resulta difícil de olvidar: la muerte aparece convertida en una parte más del paisaje, algo que puede observarse y describirse con la misma distancia con la que se describiría cualquier otro elemento de una operación.
La violencia deja así de presentarse como una decisión extraordinaria y pasa a formar parte de la rutina. Nadie parece tener que detenerse a preguntarse si aquello está bien o mal. Hay un objetivo, un procedimiento, una cifra aceptable de víctimas y una misión que completar. La tecnología que debería representar precisión y control termina revelando, paradójicamente, una maquinaria en la que la muerte de civiles puede convertirse en una variable más. En uno de los momentos más estremecedores del documental, uno de los entrevistados llega incluso a preguntarse hasta qué punto él mismo es diferente de los nazis. La pregunta resulta especialmente incómoda en una sociedad cuya identidad contemporánea está inevitablemente atravesada por la memoria del Holocausto. Naza no necesita responderla. Basta con dejarla suspendida en el silencio.
Cuando las cifras tienen cuerpo
Y entonces, cuando el espectador ya se ha acostumbrado a contemplar el horror desde esa distancia, la película rompe su propia regla. Al final aparecen por fin las imágenes de Gaza. Vemos la destrucción, los escombros y a un padre buscando entre ellos a sus hijos. Después de ochenta minutos en los que la violencia permanece fuera de campo, el documental nos enfrenta directamente a sus consecuencias. La asepsia desaparece y con ella desaparece también la distancia que nos había permitido escuchar los testimonios.

Es entonces cuando Naza termina de desmoronarte. No porque las imágenes sean especialmente explícitas, sino porque durante toda la película hemos escuchado hablar de cifras, objetivos, procedimientos y «daños colaterales» y, de repente, esas palabras adquieren un cuerpo. La película nos obliga a confrontar aquello que durante todo su metraje nos había obligado a imaginar. Ahí reside lo más aterrador de Naza: nosotros también nos hemos acostumbrado a contemplar las cifras de muertos en Gaza sin poder imaginar ya los cuerpos que hay detrás de ellas. El horror no está fuera de campo, en los números, en las palabras. Lo tenemos delante. Lo estamos viendo ahora.
Crítica rápida de Naza, ¿por qué ver la película?
- Nos enfrenta a un horror que está ocurriendo ahora mismo.
- Demuestra que no hacen falta imágenes explícitas para resultar aterradora.
- Es una película devastadora, necesaria y difícil de olvidar.



